Ya era la hora de
cerrar.
Por fin conseguí
quedarme sola, con toda la calma que una biblioteca en silencio conlleva. Sin
más espera, libere mi cabello de las horquillas que lo apresaban. Dejando
descender por mi espalada mi larga melena pelirroja, seguidamente desabroche
los tres botones que llevaban aprisionando mi cuello y escote todo el día, y me
quite las gafas que sinceramente no necesitaba. Pero hacia que los muchachos me
respetaran, ya que me conferían más edad, de los 21 que realmente tenía.
La liberación fue
inmediata. Dejando tirados a un lado los tacones de aguja, fui descalza hasta la máquina de refrescos y saque uno
bien frio y disfrute la sensación de por
fin estar liberada de mi rol de bibliotecaria.
Dirigiéndome hacia
el cajón de mi escritorio, saque un
libro que una amiga me había recomendado
y que aunque había empezado a leerlo, tuve que dejarlo para horas más
apropiadas, ya que la simple caratula era poco, ¿cómo diría? no pasaba desapercibida.
Yendo hacia el área de pufs. Por fin, senté mi precioso trasero en algo más
acogedor, que la silla del escritorio de recepción. Allí en silencio con mi
refresco y mi libro era la mujer más feliz del mundo.
Cuando ya estaba
dispuesta a comenzar a leer, las luces se apagaron. Un escalofrió recorrió mi
cuerpo. Sinceramente me alegre de no estar leyendo una historia de fantasmas;
porque aquello me hubiese dejado paralizada. Escuche unos pasos que se
acercaban en la oscuridad, aunque me hubiese gustado chillar no lo conseguí. Al
fondo vi una luz que se movía y se iba acercando, a gatas me dirigí hacia allí.
De espaldas a mí,
había un hombre alto y de espalda ancha, delante de la máquina de refrescos. Una
lata resonó en la callada habitación. Al agacharse a recogerla, pude apreciar
el bonito culo que tenía aquel desconocido. Reprendiéndome a mí misma mentalmente,
intente ir hacia la puerta de salida. -¿quien anda ahí? La voz varonil y ronca,
con la cual pronuncio aquellas palabras hizo que me quedara inmóvil en el sitio
y que me costara respirar. Aunque él no me veía yo si le veía a el: era un
guarda de seguridad.
Si mis jefes se
enteraban que me quedaba allí, hasta altas horas de la madrugada y no por
trabajo me despedían fijo. -¿quien anda ahí?, no me haga que tenga que buscarle. ¿Qué podía
hacer? Salir y decir, hola soy la bibliotecaria, o seguir escondida. Y de todas maneras ¿dónde está James? él era
el guarda de la noche, me dejaba que estuviera allí. Y a cambio yo, hacía que
no me daba cuenta que babeaba por mí. Este guarda nuevo era 10 años más grande
que yo y desprendía peligro por todas partes.
Resignándome a
perder el empleo salí. -Voy a salir. No me
haga daño, soy la bibliotecaria. - ¿cómo dice? -que soy la bibliotecaria…
De repente se
encendieron todas las luces de la biblioteca y empezó a sonar una música sexy
-pues está usted arrestada, por ser una chica mala. El nuevo guarda me cogió y me llevo hacia una silla cercana. Mientras se empezaba a quitar la ropa al compás de la música. Yo alucinaba ¿que tenía el refresco? La puerta de entrada se abrió y Eli, Cochi y Luisa: mis mejores amigas. Estaban allí. -Feliz cumpleaños petarda dijo Eli. -¿Feliz cumpleaños?- Si querida. Hace un año ya, que empezamos a compartir nuestra pasión por la lectura; y en nuestro mundo imaginario todo es posible.
-pues está usted arrestada, por ser una chica mala. El nuevo guarda me cogió y me llevo hacia una silla cercana. Mientras se empezaba a quitar la ropa al compás de la música. Yo alucinaba ¿que tenía el refresco? La puerta de entrada se abrió y Eli, Cochi y Luisa: mis mejores amigas. Estaban allí. -Feliz cumpleaños petarda dijo Eli. -¿Feliz cumpleaños?- Si querida. Hace un año ya, que empezamos a compartir nuestra pasión por la lectura; y en nuestro mundo imaginario todo es posible.
Fin
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